viernes, 10 de febrero de 2012

EL PUEBLO QUE NUNCA MUERE


LA OTRA NOCHE

“Si tus miedos recurren una vez más a ti, es porque los fantasmas del pasado te están acosando”.





Las visitas ese día se fueron preocupadas por la revelación de Soledad, era seguro que aquella noticia correría como pólvora por el pueblo, sería tema de conversación en la casa de doña Genoveva, sin querer lo pasaría a comentar a alguien en el transcurso de su camino.

Mi madre sintió un apena muy grande en el pecho, cuando escuchaba las palabras del Heraldo, que podrían ser ya casi las últimas, porque en cualquier momento podría marcharse; ella salió de la sala y se fue a su cuarto, tal vez a llorar o simplemente corrió por la impresión de no saber qué decir.

Cuando despedimos a las visitas, fui a buscar a mi mamá, atravesé el solar, para dirigirme a su cuarto; me detuve a pensar lo vieja que era la casa, recordé que la tuvieron que comprar mis bisabuelos cuando la revolución se soltó. En un diario que es de la familia narra que mis bisabuelos salieron a mitad de la noche, bajo la total oscuridad de la pequeña finca que tenían a 40 kilómetros de este pueblo, en ese entonces, ellos tuvieron la noticia de hombres que se hacían pasar por revolucionarios; estos estaban asaltando, matando, robando y apoderándose de todas la tierras, en nombre de la revolución. Imagino el papa de mi abuelo, corriendo por la finca, recordando a su gente, tomando los caballos; ensillándolos, y despertando a todos sus hijos para partir en la noche, me transporto en el tiempo, imaginándome el miedo que dentro de la oscuridad podrían salir esos bandoleros en cualquier momento y comenzar con un tiroteo que acabaría con la vida de los campesinos, mujeres y niños de la finca. Mientras recuerdo camino por los pasillos de la casa, veo el viejo ropero de cedro que esta como un gran soldado resguardando el tiempo. Es en ese mismo instante que lo veo, recuerdo las palabras de mi padre cuando me narraba que su abuelo -tomo una carreta e hicieron subir ese ropero, fue el único mueble que lograron resguardar y sacar de la finca- ese ropero ahora resguarda el recuerdo pasmado en papel que ha sido escrito por la luz de un sol ya distante en el tiempo, cuando el color era inimaginable y las sales de plata podían a penas dibujar en blanco y negro, todo el mundo de color que existía en un lugar como una finca lleno de árboles con pinos y sabinos, ahí mismo donde quedó plasmado la creación de una fotografía del siglo XX, que tiene la crónica y la secuencia de la evolución de la fotografía, donde están las imágenes de los hermanos y hermanas de mi padre y de mi abuelo, esas fotografías que hablan de lo injusto que puede ser la humanidad cuando no te acoplas a los estándares de la época que se vive, como ha sido la moda. Es ver una pasarela dibujada con luz sobre el papel, donde los jóvenes de finales del siglo XIX usaban calzón de manta, y los terratenientes sobreros grandes y telas de campo, el bigote prominente y mal cuidado, o la barba cerrada y larga con un sobrero tipo de copa o de catrín, ver a la mujeres con sus vestidos largos y cabello recogido, sin escote, todas recatadas. Caminado en el tiempo, ver hombres de trajes de la década de los veinte y las mujeres con vestidos sin mangas con lentejuelas en las telas, tocados de plumas y la boca pintada solo por el centro, dejando sin cubrir con el labial las comisuras de los labios, esa época que mi padre me dijo que se llamo la época del charlestón.

Recuerdo una fotografía muy bonita de mi tía abuela, donde tenía el cabello sumamente bien peinado, las ondas de la cabellera no se veía ni un cabello alborotado o rebelde, finamente maquillada, con un vestido sin cuello y con guantes largos, mi padre decía que era un estilo hollywoodense de la década de los 40, época de la “Bella Vita” de un país llamado Italia decían esa expresión, pero lo más marcado fue esa tendencia que se veía de esa década hasta la época de la rebeldía, que fue los años 60´s donde los primos de mi papa, se dejaron creer el cabello, usaban playeras o camisas estampadas, era el color en su máxima expresión al parecer, pero las fotografías, mostraban un tono ocre y oxidado lo que hacía que se vieran viejas y el color no se apreciara más que en tres tonos, blanco, negro y amarillo. Los coches, las casas, las calles iban cambiando con forme pasaba el tiempo en las fotografías. Creo que la única manera de que nosotros podíamos ser mortales era por medio de la fotografía. Fue el elixir de la eterna juventud, donde uno siempre podría ser recordado con una imagen fiel; era como sacar un recuerdo de la mente y poder revivir el tiempo que se quedó congelada en ese instante.

Se me hace un nudo en la garganta y no puedo llorar, menos en estos momentos, porque no es correcto, tengo que ser fuerte, solo al ver ese tiempo que se ha ido, las personas que ya no están, entre ellos mi abuelo y mi padre, me parte el corazón, y tener la prueba fehaciente de que en ese ropero está guardado la prueba de su existencia, me hace que mi pecho se haga chiquito y me quiera romper en pedazos la existencia, ver que todas esas épocas han pasado, que están encerradas en un trozo de papel como si fueran sido conjuradas por alguien muy poderoso para que no se escaparan del tiempo y las inmortalizaran, como mi tía abuela que luce joven y con un brillo único de juventud en sus ojos, ahora no se en que parte del cosmos esté. Es tan rara la vida, y la muerte es tan misteriosa que no comprendo porque tenemos que partir, ¿no podríamos convivir todos en este mundo si necesidad de ver pasar el tiempo y desaparecer con él como un recuerdo olvidado?. Recuerdo el relato de la evolución, las fotografías de mis primos, de las fiestas de cumpleaños, de lo que fueron impresiones tomadas de una cámara digital, y lo más triste, saber que dentro de aquel guardián de madera, hay un estuche pequeño de plástico, que tiene una lamina de cobre con el recuerdo de bautizos, fiestas, graduaciones, despedidas; momentos que no se pueden ver, y que mi padre guardó para cuando todo volviera a la normalidad, y tuviéramos tiempo de compartir juntos esos recuerdos que están escondidos en una minúscula lamina de cobre y plástico. ¡Qué triste!, así como mi abuelo resguardo el ropero de aquella noche de caos, donde todo su capital se perdió en manos de gente mala, mi papá resguardo un trocito de carbono donde se guarda el recuerdo de muchas cosas bonitas compartidas con personas, familiares, amigos y gente que hoy ya no están con nosotros.

Creo que en cada década, en cada era, en cada momento hay un fin del mundo; para mi bisabuelo fue perder todo y comenzar de cero comprando esa casa vieja que había de heredar mis abuelos y que sería de mi padre y tal vez mía en algún momento, y para nosotros, fue perder todo lo cómodo que era el mundo, cuando el sol hizo estragos sobre la tierra y todos los sistemas colapsaron.

Mientras estaba absorto por las cosas del pasado, mi madre salió de su cuarto y me quedó observando y me dijo –Guillermo algún día tendremos la oportunidad de ver esos recuerdo, pero no es el momento, y si llega; juntos compartiremos eso que tanto tu padre quería hacer contigo: recordar y revivir el pasado, para saber que el futuro siempre va ser bueno- mi madre sonrió y me dio esperanza, el nudo que sentía en mi pecho se borro con su linda sonrisa. –¡camina!, vamos hacer de cenar porque hoy tenemos que verlo como un festejo -¿cómo un festejo? -¡si!, ¿no vez que siempre que nos encasillamos en una rutina perdemos la noción del ritual, de aquello que vale la pena ser disfrutado con cuidado, por el cuidado que se tiene que llevar?, antes que todo acabara, nos olvidamos de ver al sol o el atardecer, porque mucha gente ya no tenía la oportunidad de contemplar un ocaso, y cuando lo podían hacer, iban preocupados por llegar a tiempo a otro compromiso que tenían, ya no se reunían en familia para hacer de comer o cenar, era preferible aprovechar el tiempo en comer algo rápido y no perder el detalle de lo que pasaba en la televisión, se nos olvidó lo importante de compartir y servir, de sentir esas ganas de ser detallistas con las personas que queremos, mientras cocinábamos compartir una vivencia del día o soñar de las cosas buenas que podrían ocurrir en nuestras vidas. Se nos olvidó alimentar nuestras esperanzas, y reunirnos para darnos ánimos y desearnos que al siguiente día fuera un día que valiera la pena vivir. –Rosario tomó un suspiro y quedo viendo al vacio con la mirada perdida - ¡se nos olvidó!- Guillermo se acercó y la abrazó ambos sus ojos se llenaron de lágrimas, madre e hijo se consentían ante aquel pasado que tuvo que enseñar de manera bruta el sabor de la vida. (seguirá)

miércoles, 8 de febrero de 2012

EL PUEBLO QUE NUNCA MUERE


"EL HERALDO DE LA MUERTE" (2da)



-¡recuerdos hija, recuerdos!.

-el silencio se hizo en la sala y doña soledad quedo viendo a las dos mujeres ahí presentes, en el rostro de doña soledad caminaba el recuerdo de lo que fue su vida de joven y como era de hermosos los campos en sus juventud, recordó las calles sin pavimentar, y los coches que poco a poco fueron inundando las calles, aun recuerda a los rancheros montar en sus caballo y subir el cerro para ir a cultivar los campos en lo alto. El ganado atravesar el pequeño pueblo; las grandes casas impregnadas de familias numerosas, con sus solares y el famoso árbol en el centro de la casa. Ese instante era como si el tiempo se detuviera y todos los que estaban presentes se diluyeran en el viento para dar paso al tiempo que se ha ido, para dar vida nuevamente a las risas de niños, al claro del cielo y las noches cuando no existía luz, recordar cómo el mundo se fue modificando poco a poco, de la primer impresión de escuchar de niña a una persona encerrada en una pequeña caja de madera, pero en realidad estaba en otra parte de la geografía, lo que era la primera radio que conoció.

El recuerdo de Juanita llorando debajo de un árbol porque su vestido más bonito se había roto y los gajos de tela quedaron amarrados en el corral, la pequeña niña lloraba, por su vestido blanco con sus pequeños encajes estaban destrozados y temía porque su mamá le fuera a regañar. Soledad la vio ahí solita debajo del árbol esperando que ocurriera un milagro.

-¿Qué te pasa?

-se escuchaba solo el seseo y los pucheros de una niña de 5 años que no sabia que hacer. Soledad volteaba a ver si había más niños cerca; y no entendía porque aquella niña de trenzas con un vestido floreado estaba desgajada, volteó sobre el corral y vio que unas tiras de tela estaban colgadas del alambre, Soledad caminó hasta ellas y las tomó con las manos. Miró a la pequeña Juanita taparse la cara con las manos y cuando veía su vestido su llanto era incontrolable. -¡hola!; ¿lloras por tu vestido? - ¡Si! (se escuchaba el llanto), -no llores no pasa nada –(con pucheros) –si, si pasa, ¡mi mamá me va moler a palos por lo que he hecho! -comentaba Juanita sin dejar de llorar -¿pero por qué? Si solo es un pedazo de tela. -¡no! No es solo un pedazo de tela, es mi regalo de cumpleaños. Mi mamá me dijo que lo cuidara muy bien, porque entre ella y mi papá juntaron los pocos centavos que podían de la venta de maíz y me regalaron este mi vestidito para este día tan especial, me recomendaron muy bien que yo lo cuidara, que si no lo hacía era como si no los quisiera; que el esfuerzo que ellos hicieron no valía la pena…-Soledad se quedo pensando ¿Qué le podía decir aquella pequeña niña? –no, no llores –soledad se sentaba a su lado para abrazarla – no fue tu culpa que el vestido se hubiera roto, no significa que te pongas así de triste; además con hilo y una aguja se puede remendar este pedazo de tela. -¡no!, ya no se puede… -¡si!, si se puede… -¡no; porque va quedar parchado, y el hilo se verá! – pero se puede arreglar -¡no entiendes!; no es el vestido, son mis papás; ¡estoy muy triste porque ellos van a pensar que no los quiero, y no es así, yo no tengo la culpa que don Jacinto sacara sus vacas del corral; estas están grandotas y cachudas… a mi me da mucho miedo las vacas, por eso me brinque el alambrado por miedo a ellas -¡te iba a preguntar eso! -¿Qué? – ¿de por qué estaba un trozo de tu vestido en el alambre?…-¡por eso!- contestó la niña de golpe y con un tono de berrinche –no te preocupes; pero… ¿cómo te llamas? – Me llamo Juana María, pero me gusta que me digan Juanita; -Juanita yo soy Soledad, y digo que no debes de llorar -¿Por qué no?, ¿no vez que voy a romperle el corazón a mis papás?; me siento muy triste, porque mi mamá se ha puesto a trabajar lavando ajeno para ahorrar y regalarme mi vestido, y yo soy una m-a-l…a-g-r-a..d-e-c-i-d-a! –se soltó en llanto imparable; y soledad no sabía qué hacer… ella solo se quedó a su lado, con su mano derecha con el pedazo de tela y Juanita llorando en su hombro. La sombra de un árbol de tamarindo las cubría, los rayos del sol atravesaban la copa del árbol, sus rayos de luz chocaban contra la tierra, Soledad veía como danzaba la luz cada vez que soplaba el viento, era algo irónico que la luz bailara al compás del llanto de una niña, que veía su futuro como una pequeña inconsciente que no quiere a sus papás…-¡te puedo apostar algo! –Juanita dejó de llorar -¿apostar?, ¡yo no quiero apostar!; eso es cosa para adultos y borrachos – se soltó en risa Soledad – no Juanita no te quiero apostar dinero… eso ni yo lo tengo; pero podemos apostar ahora y pagar cuando estemos grandes. -¿en serio podemos apostar?- si, para que tú no te asustes, así cuando seamos grandes las dos tendremos que pagar -¿y tú qué es lo que quieres apostar?- ¡tu vestido!- ¿mi vestido? -¡si es muy bonito!- ¿aparte de que se rompe tu me lo quieres, q-u-i-tar? –Juanita no concebía tan mala suerte; de tener que lidiar con unas vacas que le han amargado la vida, ahora lidiar con una loca, que quiere apostar por un vestido roto y para el colmo, no sabía que era apostar. -¿pero qué ganas o que gano?, porque según los adultos apuestan porque tratan de ganar algo –mira algo que me ha enseñado mi padre que suponer cosas del futuro nos dan miedo y por eso lloramos, que si tratamos de apostar a algo, igual se pierde o se gana; la verdad yo tampoco he apostado, pero ahora que te veo y sé que es algo que no me está ocurriendo a mí, veo y trato de comprender las palabras de mi papá cuando me dice que el miedo nos hace llorar, ¡creo que podríamos apostar!- ¿pero apostar que?. –De que si les explicas que pasó a tus papás, ellos no se van a sentir defraudados- ¿Cómo que no?, mi papá es capaz de molerme a palos por lo que hice –pero no fue tu culpa- ¡si hubiera tenido el coraje no me habían dado miedo las vacas! -¿y si estuvieras ahora llorando porque una te corneo?-¡por eso hui! -¡vez! Solo tenías miedo y saliste corriendo sin medir la consecuencia, porque tenías necesidad de protegerte. Tomaste una decisión, no deberías sentirte mal, de cualquier forma estas evadiendo el destino, ¡si te van apalear te van a palear, sino hubiera sido la vaca, va ser tu papá! –Juanita tan pequeñita, tenía los ojos retraídos, las pupilas dilatadas, porque aun siendo tan pequeña, las cosas que decía Soledad le hacían dar vueltas la cabeza, era la primera vez que entendía sobre el destino, y que era algo inevitable, y ¡ella soltó el llanto con más ganas! -¡Perdón, perdón!, no fue mi intención, creo que soy muy apresurada para hablar y lo dije sin pensarlo, o más bien, no sé qué me inspiró a decirte esto…-Juanita no sabía cómo controlar su desdicha, ahora era Dios quien estaba contra ella y la apaleada iba ser inevitable, ahora se sentía culpable porque desafió la voluntad de Dios al no dejarse arrastrar por una vaca; la vida no podría ser tan mas grosera con ella. –Si tienes valentía, tus papás te van amar…-¿c-o-m-o? -¡Sí!; los papás aman a los hijos valientes -¿Por qué?- porque los papás, admiran eso- ¿sí?-¡sí!, ¡por eso mi papá me quiere mucho! -¿tú eres valiente? –¡claro que sí! –Hablaba muy segura Soledad- ¿y cómo eres valiente? -Preguntó Juanita dejando de llorar porque, quería saber el secreto y si con la formula de Soledad podía evadir su destino, tomaría el consejo. –mira yo soy valiente…-y Soledad se quedó sin discurso; la niña de nueve años que era en ese momento no sabía de dónde sacar la respuesta a su afirmación, para poder distraer a la pequeña Juanita de su atolondrada vida; Soledad se sacó una carta bajo la manga para poder persuadir a la niña –te voy a decir… pero tú tienes que aceptar mi apuesta; -¿sigues con lo del vestido?- ¡sí! No voy a cambiar mi apuesta, ¿aceptas o no?- si es para que me digas el secreto, y salvarme de mi destino, ¡acepto! –bueno, yo soy valiente…-Soledad tenía que sonar muy segura para que Juanita la entendiera y creyera su parlamento; pero Soledad se acordaba muy bien de lo que tenía mucho miedo y ella pensó que tenia de dar un ejemplo de aquello que le aquejaba y presumir que había vencido su miedo. –¡yo no le tengo miedo a la oscuridad y a los seres que viven en el! -¿no le temes a la noche? -¡no! Por eso mi papá me quiere porque soy valiente!- con una voz de retadora la niña dijo sus frases –¿y cómo puedo ser valiente? –sencillo… debes de llegar a tu casa segura de ti misma, decirle que paso a tu mamá para que después le diga a tu papá, le inventas que la vaca te siguió y te quiso arrastrar y que tuviste que cruzar el alambre del corral y por eso se te rompió el vestido, pero que tú no podías enfrentar a un animal que te superaba en kilos, y le dices que esa vaca era de las más bravas pero que corriste para salvar tu vida porque no tenias otra opción; pero… se lo tienes que decir sin llorar, para que vean que eres fuerte y que luchaste por tu vida -¿enserio?-si tu hazlo; si los convences, me vas a tener que regalar un vestido cuando seas adulta, si yo pierdo, te voy a regalar un vestido, ¿aceptas la apuesta? -¡sí!- Juanita conoció que era tener esperanzas y tratar de confiar en la certidumbre de que si se comportaba como Soledad decía todo iba salir bien.

Soledad regreso de ese momento en el tiempo y sus ojos verdes se cubrieron de un brillo cristalino, y embozo una sonrisa de tranquilidad, ese recuerdo le daba tranquilidad, volteó al espejo de la sala y se vio con el vestido puesto, el vestido de la apuesta.

-Pueden irse tranquilas, Juanita no piensa y no quiere morir aun, ella me debía este vestido… y la verdad es que… ¡quien parte soy yo!.

El silencio de la sala se volvió pesado cuando Soledad comentó eso.

-¡Señora Soledad no diga eso por favor!, ahora ¿quién, será su sucesora?; sin usted la muerte podría llegar sin aviso, y el caos en el pueblo sería terrible porque usted de alguna manera nos mantiene al tanto… vaya es usted, bueno, usted sabe…-si no me diga más Genoveva, se a lo que te refieres, y yo no sé quien me supla, pero lo que si se es que mi partida esta próxima porque ya cumplí con mi tiempo con ustedes. –¡Abuela!- interrumpió Guillermo- ¡vez!, eso me refería con tu canción- ¡mi querido Memo!, recuerda lo del regalo, para mí no es algo malo, simplemente es una esperanza que tengo –Señora Soledad, ¿Cómo lo puede decir así tan serenamente?-interrumpió ahora Genoveva -¡cuando las cosas están en su lugar, y la paz llega plena a tu vida, lo única que te queda es descansar, ya no hay preocupación y ya no hay mas jornada por delante. ¡Además que desde la muerte de mi esposo y mi hijo no han sido jornadas gratas, pero ahora que en perdonado y entiendo los porqués de la vida, tengo ya paz- Rosario se acercó para abrazarla, y ella la tomo de la mejilla y le con lagrimas en los ojos, no sabía que decir.-no temas Rosario, tu ten tu alma tranquila, que aun no es momento de partir –¿será pronto abuela?-no aun no sé el tiempo… sólo sé que en una noche de luna llena he de tomar mi rumbo al lugar del eterno descanso. –¿y su sucesor doña Soledad? – quien me presida; ¡la muerte lo decidirá!.

martes, 6 de diciembre de 2011

EL PUEBLO QUE NUNCA MUERE


LA HERALDO DE LA MUERTE.

¡Ese es tu nombre pero!… yo te conozco como agüizote.

Desde la antigüedad siempre se han conocido personas con el seudónimo de agüizote. Son personas que con su visita no traen buenas noticias, y no son muy bien recibidas al lugar que llegan o se les ve con desconfianza.

Mi abuela después de lo que mucha gente conoce como el fin del mundo, comenzó hacer algunas visitas. Las casa que visitaba, eran las personas que partían de este mundo, muchos decían que era la mano derecha de la muerte, pero en realidad ella al igual que mi padre, tenía ese vínculo muy especial que mi madre me comentó por medio de los sueños con las personas.

Soledad era una mujer muy respetada pero temida a la vez por la gente del pueblo, pero para mí era una abuela muy cariñosa y consentidora.

Después de desayunar me fui a su cuarto a verla, cuando atravesaba el patio de la casa para ir a su cuarto, se escuchaba un murmullo que venía de su habitación; era una canción, que me desalentaba, porque su letra decía:

Me voy lejos

Pero siempre tendrás mi aliento

Ahí donde mora el recuerdo

Estaré para ti

Solo ora un momento

Y recuerda este verso

Que estoy siempre en ti

Para darte consuelo

Me voy allá donde no me toque el viento

Porque seré parte de él

Cuando sientas lo fresco del aire

Será una caricia que te dé

Cuando termines de labrar

Cuando la jornada sea dura

Cuando no tengas paz

Mi alma te estará dando aliento.

Seré esa estrella en el firmamento

Que cuando no encuentres amor en este mundo

Tengas la esperanza que más allá

Alguien ora por que seas feliz

Que cuando tengas desazón

Piensa en el buen sazón

Que la vida te regala cuando

Tomas sabiduría

Porque una mujer muy linda

Me dijo un día

Que sabiduría era la palabra

De saber,

De saber de gusto, de un gusto por probar.

Cuando pienses que estas sólo

Solo búscame en el viento.

Y regálame una oración

Para que te regale un poco

De serenidad

Cuando tu corazón esté

Descontento.

Cuando caminaba y me acerqué a la puerta, la voz se detuvo en ese rezo, algo que invocaba al cielo, la despedida del tiempo. –¡Guillermo pasa! –di un salto cuando mi abuela grito mi nombre. -¡buenos tardes abuela!, ¿Cómo sabías que estaba cerca?, -sencillo, a esta hora de la tarde ver una sombra proyectarse sobre la pared del cuarto no es normal, y como no me habías venido a ver como lo haces de costumbre en las mañana, pues lo más lógico, fue pensar que eras tú.

-¡si discúlpame!, iba tocar, pero te escuche recitar unos versos, que tiene un tono de tristeza.

-¿tristeza?, ¡que errado!, ¿te sentiste triste?

-eso fue lo que pasó en mi mente, porque es como versos de un adiós.

-puede que para ti suenen a tristeza pero para mí es como una oración de esperanza, todo depende con qué intención tomes las cosas.

-¿por qué?

-sencillo, para una persona que está dolida con la vida, y que se ha permitido vivir cosas negativas, cuando la vida le da una pequeña ayuda u oportunidad, o aparece alguien que le obsequia algo; esa persona siempre lo va a tomar a mal, su mente negativa siempre pensará que lo que le regalan es con un fin, o que nada es gratis en el mundo, que al final ese pequeño obsequio lo va terminar pagando. A comparación con una persona entusiasta, que de todo lo malo que pueda pasar en su vida, saca lo mejor, para darle sentido a su vida, para vivir el sueño que quiere, cuando alguien está necesitado y está parado en la esperanza o la fe de las cosas, corre el riesgo de las circunstancias se vuelvan fáciles o sencillas, a comparación con la que siempre piensa que todo tiene un precio, las dos personas podrían recibir el mismo regalo al mismo tiempo de la misma persona, pero la primera que te describí pensará que alguien hipócrita quiere ganarse su afecto, mientras que el segundo, agradece y ve un acto noble de la otra persona, al dar un poco de su energía.

-¿de su energía?

-sí, la persona cuando te da un regalo de buena gana, que nació por dártelo, está dando de su tiempo, su esfuerzo al momento de considerarte en regalar algo, es la energía de sus pensamientos que hace que te considere, para envolver el regalo, el comprarlo, en hacer todo el detalle del obsequio, no solo te está regalando un objeto, te regala su energía. Esa persona tuvo el tiempo de pensar en ti y darte algo, por eso los obsequios son eso, energía plasmada en cosas que significan aprecio; ¡por cierto! Aprecio sueno igual a precio; lo que se traduciría que tiene valor.

-¿y qué relación tiene tus versos con lo que me comentas?

-¡sencillo!, igual como un regalo puede tener percepciones distintas para dos personas, igual para ti y para mí los poemas que he recitado, para ti significan tristeza, pero para mí significan esperanza.

-¿Por qué crees que me provoca tristeza tus poemas?, a caso ¿estoy mal?

-¡no!, ¡no!.

Cuando decía mi pregunta mi abuela sacudía la cabeza en desaprobación, de que mi sentir no era errado, ella se levanto de su silla, caminó hacia a mí para darme un abrazo. Sentí el calor de su cuerpo envolverme para darme seguridad, tenía mucho tiempo que no sentía un abrazo de ella.

Tomó con sus dos manos mi cara y me dio un beso en la mejilla derecha, se irguió y suspiró al verme a los ojos.

Mientras nos veíamos a los ojos, por mi mente pasaba las tantas tristezas que ha vivido mi abuela a lo largo de tantos años. Sabía que ya a sus 70 años, una mujer como ella, con la fama de ser la agüizote del pueblo ya era muy cansado, ser ella quien siempre platicaba por última vez con la gente; no era muy alentador.

Era sorprendente que a su edad se conservara muy bien, caminara sin problema alguno, su cabellera era blanca como las nubes en verano, cuando ha terminado una tormenta y sale el sol y estas se dispersan quedando un puñado dispersas en el cielo ya azul y todas ellas arrepolladas como si fueran lindos borreguitos dibujados en el cielo.

Por su edad su estatura no era más de 1,60, siempre vestían con faldas floreadas, con cuello redondo por arriba del busto, con mangas cortas, todo en una misma pieza, pero precisamente ese día, se puso una ropa de verano, un vestido que una amiga le hizo con mucha delicadeza, era un vestido blanco de algodón, la falda hacia dobleces en la cintura y se dejaba caer por sus piernas, haciéndola ver joven, era como si el vestido le hubiera traído el elixir de la eterna juventud.

Sus ojos irradiaban un brillo místico, algo que no se puede comprender, lo verde oscuro de sus ojos, su rosada piel, y su cabellera blanca, todo en su conjunto mostraba serenidad.

-mi amiga me trajo este vestido- comentaba mi abuela mientras daba dos pasos hacia atrás y me mostraba su nuevo vestido.

-¿doña Juanita te lo trajo?, ¿no se supone que ella ya no podía cocer y que sus hijas se lo prohibieron?

-¡si!, pero no se lo digas a sus hijas porque van a pensar mal, ya vez como es la gente de chismosa, ¡aun no aprenden! después de todos estos años los males que hemos pasado; ¡ojala! La gente en verdad hubiera madurado, ¡no que muchos se quedaron ilusionados con el pasado, esperando que todo volviera a la normalidad, y ¡ve!, ya han pasado 16 años desde que todo acabo, desde el fin del mundo, mira al vecino, que ya a su edad, tiene aun guardando su celular. Lo último de lo último, algo tan caro que nadie podía comprar, casi ni un mortal, tecnología de punta que lo podría llevar a las estrellas si él quisiera. Pero el pobre le daba tanta flojera leer sus manuales, que iba a perder dos horas de su vida ¡con saber quién! para que le explicaran como utilizar ¡un celular!, tu padre siempre comentaba que era extraño tener que platicar con personas de su edad que le hablan de celulares con tecnología que reconocía la voz del dueño, que tomaba fotos ultra profesionales, y que al final de cuentas el equipo tecnológico que adquirían solo les servían para llamar y mandar mensajes de texto, y por supuesto lo que estuviera de moda en lo que se conocía como Internet, pero nunca dedicaron tiempo para adquirir conocimientos, todo el tiempo se les iba en balde en chismes, comentarios y cosas que no les dejaba un bien a sus propios conocimientos, la gente hace años pagaba porque alguien más se ilustrara para que posteriormente les hiciera el trabajo y no esforzarse para saber o averiguar cómo.

-cuando me hacia el comentario recordaba ese momento tan difícil que me toco vivir cuando tenía 9 años, ver como un mundo se desboronaba, como ver que las noches eran eternas, sin luz eléctrica, sin coches, ¡de un día a otro un caos!.

-abuela, pero que paso en los primeros años, ¿digo después de que todo colapsó?

Cuando terminé de formular la pregunta mi madre toco a la puerta.

-¡Doña Soledad!, las hijas de doña juanita están en la sala; quieren platicar con usted,

-¡vez hijo!, que te dije, de seguro alguien la vio salir esta mañana y le fueron con el chisme a las hijas. Bueno es hora de ver si me dan una cachetada o me amenazan con llevarme amarrada a la frontera de la vida, ¡la verdad no dudo que ganas tengan!.

-¡doña soledad!, ¡por favor!, la gente no quiere hacerle daño…

-¡eso dices tú!, tu gesto es muy bueno Rosario, pero tú al igual que yo, sabemos la fama que tengo con la gente del pueblo, ¡vamos a ver para que requieren mi presencia! –la abuela salió del cuarto y camino hacia la sala, la tarde era fresca para ser verano, era una sensación rara para la época. Mi abuela atravesó tranquilamente y mi madre y yo la seguíamos.

Cuando mi abuela se presentó, María y Genoveva se levantaron del sofá de la sala para dar las buenas tardes. -¡vaya!, -contestó mi abuela en un instante-¡venia imaginándome como seria la impresión que les daría al entrar y estar frente a ustedes, señoritas. ¡Tomen asiento!- la abuela se acomodaría inmediatamente cuando las dos mujeres ahí presentes se sentaran. María era una señora de unos 50 años de caderas prominentes, cabello amarrado negro, ondulado; su cabellera se veía con friz y desalineada, su vestido que le llegaba por debajo de la rodilla, su rostro era redondo por sus kilos de más, y sus ojos castaños tenían muestras de haber sido corrompidos por las emociones.

-¡señora!, ¡señora Soledad!, ¡por lo que más quiera!, ¡dígame que mi madre no estuvo esta mañana con usted!; ¡que don Isidro ha ido con el comentario a la casa, y mi madre ha estado rara todo el medio día.

-¡calma María!, que tu madre solo me trajo a regalar el vestido que traigo puesto,

-¿mi madre?, ¡si ella ya no costura!

-¡si! Ella misma me lo trajo esta mañana. Al parecer se acordó de una apuesta que hicimos hace muchos años cuando éramos unas jovenzuelas enamoradizas.

-¡aun peor!

-¿pero qué?

-¡ella se está despidiendo, de seguro es eso!

-¡no!, ¡no!, malinterpretas su buen gesto de amabilidad conmigo, ella solo vino a dejarme el vestido y fue lo único que hizo. ¿Qué tendría de malo?

-¡ella mismo un día me dijo que cuando volviera a coser un vestido, sería porqué la vida la estaba preparando para despedirse de todos, ya que siempre a ella le gustó confesional. Gustaba siempre de los encajes, de las siluetas, de los colores de las telas…¡pero hace diez años, que la artritis no la dejaba trabaja!

-madre… no te lo quería decir, pero mi abuela no se ha quejado de su dolor en esta semana- interrumpió Genoveva- ella tomó aguja e hilo y su vieja máquina de pedal que tenía desde joven.

-¿aún conserva su primera máquina?

-¡si doña soledad!, mi abuela sacó de la pequeña bodega que tenemos en la casa su vieja máquina y comenzó a cocer.

-no tienen por qué preocuparse, ella está bien, cuando alguien recobra su fuerza es porque se siente bien. No porque se sienta mal. No es lógico pensar que ella quiera hacer algo raro o loco. Para que se sientan seguras, ella misma en la mañana me dijo que cuando mi hijo hizo el pacto de no suicidio con la muerte, la gente guardo juramento de eso y ella también lo hizo y prometió que aun bajo las adversidades ella respetaría el pacto. Así que ustedes tranquilas, al parecer van a tener a doña Juanita para rato.

-¿está usted segura?-interrumpió María.

-¡si!, no les digo que cuando alguien está bien, es porque algo bueno está pasando.

-no quiero sonar grosera doña Soledad, pero…

-¿pero? –Genoveva se encogió de hombros y agacho la mirada cuando Soledad la volteó a ver para saber con qué comentario iba a rematar.

-con todo respeto, no quiero comparar esto con lo que pasó con don Gabriel. Que igual una semana estuvo bien, pudo caminar sin dificultad, cantaba por las calles, fue a visitar a sus seres queridos, se puso arreglar el jardín y a limpiar los marcos de las fotografías de sus casas, y muchos comentan que él la siguió una mañana hasta la 4 sur; ahí donde está la pequeña ermita, que lo vieron platicando con usted, y precisamente al otro día de su encuentro con él, a don Gabriel sus familiares lo tuvieron que ir a ver allá en las casitas que están prohibidas ir; si no pasan antes con usted, porque usted es la responsable del lugar en lo alto del cerro.

-lo de don Gabriel fue algo que sucedió, y no tendría motivo alguno por dar explicación, lo único que puedo comentarles, es que él estaba feliz y se sentía complacido ya con su vida.

-¿porqué murió? –interrumpió María.

-fue su decisión. Recuerden que hay un pacto y solo puede morir aquel que ha cumplido su jornada y que así lo solicita, ese es el pacto, por eso no han existido pestes, nadie se ha quedado sin comer, y si hay alguna enfermedad no pasa de una gripa, o un mal de estómago, quizás un dolor de cabeza pero no más.

-¡señora Soledad!, por lo que más quiera, cuénteme ¡qué más platicó mi madre con usted?

-¡recuerdos hija, recuerdos!.



PROXIMA SEMANA SEGUNDA PARTE DEL CAPITULO....